El saludo de la muerte

September 19, 2019
Emmanuel Pérez
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No sabía cómo empezar, así que lo hizo mencionando precisamente eso...

Pensó que era un día como los otros (y lo fue, solo que hoy tuvo una experiencia que por años buscaba, sin reconocerlo).

Por años evadió la muerte (y aún lo hacía), mas sabía que andaba por sus oscuros caminos con la mejor de las intenciones: solo quería vivir. La curiosidad de “¿qué habrá ahí?” le hacía ignorar mil señales, aunque siempre estaba consciente de ellas.

Sin rumbo

Llevaba algunas horas sin rumbo, oyendo música, despejándose la mente, pensando en todo y en nada a la vez; ignorando su realidad por un día, como intentaba hacer cada semana (aunque pocas veces lo lograba).

A eso de las 7:40 pm, un lugar llamó su atención...

Y -como suele hacer- enseguida cambió su ruta (que ni planeada estaba) para “parkearse” donde fuese y ver el lugar de cerca.

“Llegas en 16 minutos.”

Le dijo el GPS.

Pero siendo como era, llegó como en ocho, pues caminaba muy ligero y la oscuridad de la 8855 le movía aún más.

Al llegar al llamativo lugar que vio hace unos minutos desde la PR-5, emocionado, empezó a fotografiarlo.

Complacido

Un rato más tarde, decidió regresar por otro camino; un camino que -según él- parecía más seguro, pues estaba un poco más alumbrado. En medio de él, vio un puesto de gasolina y pensó “contra, ahí debe haber algo pa' comer”, así que se desvió a comprar algo...

Para su sorpresa (y después de casi un minuto tratando de abrir la nevera), notó que algo tan sencillo como un mantecado requería pedir una llave al cajero para poderlo sacar.

“¿Tan caliente está esto aquí?” -pensó. “Yo pensaba que Carolina estaba malo, pero esto está bien al garete ¡jaja!” -dijo en su mente.

El cajero, mirándolo de lejos, detrás de un grueso panel de “fiber glass” le preguntó:

- “¿La llave?”
- Sí, por favor.

Y se la entregó.

Acercándose a la caja, “escaneó” los productos y esperó la suma...

- “$3.97”, dijo el cajero. “Me diste cinco”, añadió.
- Gracias, buenas noches.
- Igual a ti.

Tras horas sin comer y con una sed brutal, ese mantecado se sintió como la gloria en la Tierra.

Pero su delicia duró solo unos segundos...

Caminando por “el lado más seguro” de vuelta al carro, notó un carro como a 10 millas pasarle por el lado. Por alguna razón, uno de los que estaba dentro de él, le miró con demasiado interés. Quizá por el bulto que llevaba, quizá por su acelerado caminar o posiblemente solo por ver una nueva víctima.

Sea lo que sea, solo sabía que de repente, la noché se volvió diferente...

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Indecisión

Camino unos 3 segundos más, pensando “esto no me puede estar pasando a mí”... Cinco segundos más tarde, notó que el carro disminuyó su escaza velocidad. Ya no podía ver la cara del que le miraba, pero el reciente recuerdo estaba demasiado vivo como para olvidarlo...

En su vida, había estado en lugares muy oscuros y había conversado con personas que habían robado vidas con sus manos...

...pero nunca había visto tanta maldad en una mirada; era algo que jamás había percibido. Sintió el terror en el ambiente y vio su nombre en una página cualquiera del morboso periódico de la mañana siguiente.

Titubeó por unos segundos más y caminaba de forma dudosa, pensando:

“Si viro, me voy a ver super estúpido.”

A medida que se acercaba al casi estacionado vehículo, vio su nombre en primera plana y las prioridades cambiaron...

¡Debía regresarse!

Su vida podría terminar ahí por mucho menos de $81.86, como escribió hace un tiempo. Sintió que podría ser el próximo protagonista de la historia ficticia que imaginó días atrás, así que decidió virar.

A las 9 pm de ese domingo, la silenciosa calle que llevaba al Hospital HIMA, solo recibía 2 o 3 carros cada 10 minutos y -gracias a Dios (aunque lejos)- en ese corto, pero intenso momento, venía otro carro detrás del sospechoso vehículo, así que virar sería un poco más complicado para los posibles asaltantes.

Caminando de vuelta al puesto de gasolina, debatía dentro de sí:

“¿Miro pa'trás? ¿No miro? ¿Corro o solo camino rápido?”

Mientras regresaba, no recordaba un momento más estresante en toda su vida; no podía creer lo que estaba experimentando -pero a la vez- sabía que llevaba años burlando esta inevitable situación (porque la seducción de su curiosidad le llevaba a lugares muy inusuales y -en ocasiones- peligrosos a cualquier hora y casi siempre a solas).

¡Gente!

Una vez llegó al puesto de gasolina, se acercó a la primera persona que vio y le contó lo que acababa de pasar, pidiéndole que por favor le llevase hasta su carro, que estaba justo al lado de un redondel, cerca del hospital.

Incrédulo, el hombre le dijo:

“Yo no te conozco; yo no te voy a montar en mi carro”.

Hablaron por unos 5 minutos y trató de convencerle con la verdad, pero el hombre (quien había sido asaltado ya una vez), no creía en sus palabras.

“Si te miraron raro, es porque en esa calle se pasan un chorro'e putas”

Le dijo.

“Yo te pago un Uber, si quieres, pero yo no te monto en mi carro.”

Dijo más de una vez.

Con tanta adrenalina, el caminante no podía pensar claramente y así mismo -tratando de razonar lo poco que podía- respondió “no” varias veces hasta que desbordó en un:

“Qué mal que vivamos así, ¿verdad?”

Mientras por su mente pasaba la línea: “por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará”. Y la verdad es que nunca lo había entendido tan claro...

Podía ver en la cara del hombre, que era una buena persona, pero se negaba a arriesgarse nuevamente.

“Yo tengo esposa y tengo hijos.”

Le dijo.

“No sé si al llevarte a la esquina, me están esperando.”

Añadió.

De frente tenía una persona que en algún momento decidió ayudar a alguien, pero -como le comentó hace unos segundos- le asaltaron. Poco después de entender que nunca le convencería de que no tenía de qué temer, desistió. Hizo todo lo que pudo para mostrarse incapaz de hacerle daño y hasta le mostró un tal sitio web de Carolina que maneja desde el 2013, pero nada funcionó; la confianza de esta persona había sido traicionada de la peor manera y no podía ser restaurada.

“No estás en Carolina, estás en Bayamón; yo no te conozco; no te voy a montar en mi carro.”

Repitió.

Ningún intento fue suficiente, así que -frustrado- se despidió y caminó de vuelta a su carro paranóicamente, viendo amenazas en todas partes, regresando a su casa en total silencio; sin música; cosa muy poco común en él y luego escribió estas líneas.

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Emmanuel Pérez
No me gustan los títulos; si dices muchos, suena a guille y si usas uno, creen que es lo único que puedes ser o hacer.